No somos una generación perdida

Generacion perdida
1. Hijos de la bonanza…
Como generación, somos hijos de la etapa de mayor bonanza económica que ha vivi­do nuestro país. Durante este tiempo, hemos crecido en una sociedad progre­sivamente mercantilizada, en la cual la existencia ha llegado a tomar sentido en el acto de consumir y en la cual se ha confia­do a la técnica la solución de todos los pro­blemas. Durante este tiempo, la democracia conquistada por las generaciones anteriores se ha ido diluyendo en el individualismo, desapareciendo toda noción de bien común. En algún momento de este proceso dejamos de pensar qué modelo de sociedad queríamos porque no lo creímos necesario y el totalitarismo de la indiferencia empezó a hacer presencia en nuestras vidas.
[…]
2. Un cambio de época
Nuestro diagnóstico no es un análisis de expertos, se limita a recoger nuestras inquietudes y es, por lo tanto, necesaria­mente incompleto y sesgado. Creemos, sin embargo, que la crisis presenta múltiples niveles (económico, social, religioso, ético…), hecho que nos conduce a hablar no tanto de una época de cambios, sino de un cambio de época, de un verdadero cambio de paradigma. Estos son algunos puntos en los cuales queremos hacer hincapié:
2.1. Desigualdades crecientes
Los últimos datos del INE indican que en España hay un 22% de personas en situa­ción de pobreza (2 puntos más que al inicio de la crisis), un 25% de la población activa en el paro (sólo un 11% cuando empezó la crisis) y que la desigualdad entre ricos y pobres es cada vez más grande. Estarnos viviendo una progresiva desaparición de la clase media. El modelo de Estado del Bienestar, semilla de la construcción del proyecto europeo y frágil aún en su imple­mentación en países como el nuestro, se está debilitando a marchas forzadas. El ascensor social no funciona y si lo hace es sólo de bajada. Esta desigualdad va acom­pañada de una estigmatización de la pobre­za. Y es que el neoliberalismo nos ha con­vencido de la falacia que vivimos en una sociedad que ofrece igualdad de oportunidades a todo el mundo. En consecuencia, se responsabiliza/culpabiliza al pobre de su situación, cuando en realidad es el mismo sistema el que se alimenta de víctimas para poder funcionar.
Ante esto reivindicamos una caridad y una solidaridad que sientan el problema del pobre como un problema propio, fruto del reconocimiento de la identidad humana común, y no sólo como fruto de un “neoli­beralismo compasivo” que no cuestiona las causas de la pobreza.
Por desgracia, la crisis, del mismo modo que ha producido una oleada de soli­daridad y compromiso, está alentando la aparición de un nuevo fascismo social que encuentra en el uso de la dinámica del “chivo expiatorio” (el inmigrante, el pobre, etc.) y en la insensibilización ante el sufri­miento ajeno, una válvula de escape al pro­pio malestar. Este fascismo puede ser, a la larga, una de les amenazas de nuestra con­vivencia y democracia.
2.2. Hundimiento de las instituciones e ideologización de la sociedad
Acciones políticas masivas como el 15M nos han quitado la venda de los ojos poniendo sobre la mesa el déficit democrá­tico de nuestro país y el gran desprestigio de las principales instituciones políticas. El descrédito de la clase política es creciente y en gran medida se relaciona con la pérdida de noción de bien común general a tota la sociedad, pero especialmente visible en un ámbito que se define precisamente por la defensa de este bien común.
Tampoco existen vías fáciles para ejer­cer la ciudadanía. A pesar de tener nuevos medios y nuevas tecnologías que permitirí­an y facilitarían dinámicas participativas y consultivas, parece que esta implicación del pueblo en las decisiones que lo afectan no interese de momento a los gobernantes. En este contexto, hay que sumar el hecho de que los llamados mercados se hayan ido apoderando de los centros de decisión, con­virtiéndose en mentores de nuestras débiles democracias.
Finalmente, hemos llegado también a una situación de gran polarización ideoló­gica en la cual el diálogo es cada vez más difícil y la búsqueda de lugares comunes y consensos una quimera. Esta polarización nos ha conducido a la caricatura, al enfren­tamiento y a la superficialidad en la comu­nicación.
2.3. Absolutismo técnico, ocaso del humanismo
Vivimos en un mundo que ha magnificado la técnica y la economía, como si ésta fuese una ciencia exacta generadora de verdades absolutas. Por desgracia el criterio predo­minante a la hora de valorar las personas, las relaciones, los proyectos o las maneras de vivir ha sido el de la rentabilidad econó­mica. La crisis ha puesto de manifiesto cómo en una sociedad altamente mercanti­lizada las únicas relaciones que se conside­ran plausibles son las de sangre o las esti­puladas por contrato. La fraternidad queda excluida.
Por otro lado, deberíamos ser suficien­temente lúcidos para darnos cuenta de que la historia reciente confirma la falsedad de la presuposición ilustrada, según la cual el progreso técnico implica espontáneamente progreso moral. La fragmentación positi­vista y el consiguiente olvido de las huma­nidades comportan el olvido de la pregunta por el sentido de nuestras acciones en el mundo. En otras palabras, hay un peligro siempre latente en una noción acrítica de progreso que se olvide de la ética y que ignore la afinada distinción entre óptimos y máximos.
Esta ruptura se hace especialmente manifiesta en el campo de la técnica y la economía. En nombre del progreso todo queda justificado. El modelo económico occidental, tal y como hoy lo conocemos, presupone que las acciones de tipo finan­ciero, a pequeña o gran escala, quedan fuera del radio de valoración moral. Serian, pues, acciones amorales. Esto es falso. Hay que recuperar la presencia de la ética en la economía, y recordar que existe un uso ofensivo y un uso prudente del dinero, pero no un uso inocuo.
En definitiva, reivindicamos la figura del pensador, del humanista, del crítico. Hay que añadir profundidad y rigor intelec­tual en todos los niveles de la sociedad.
2.4. Valores líquidos
Siguiendo la afortunada expresión de Z. Bauman, ya hace tiempo que se habla de una sociedad líquida, de los valores líqui­dos, del amor líquido… haciendo referencia a un momento en el cual se produce una pérdida de consistencia en aquello esencial. Todo se nos escapa entre los dedos. Esta superficialidad, esta cultura de lo efímero asociada al dogmatismo del cambio cons­tante, nos hacen más vulnerables a los vai­venes de cada momento. Aparecen nuevas esclavitudes, más o menos sutiles, y las personas nos subyugamos a ellas, incluso adrede y con gusto. En este contexto detec­tamos una asepsia en el lenguaje, que se convierte en herramienta eufemística que nos vuelve ciegos ante la realidad. Queda atrás una concepción del lenguaje que transforma el caos en orden y que nos apro­xima a la comprensión del mundo y de los demás. La tecnificación del lenguaje y el abuso incontinente de la palabra nos han insensibilizado. Las palabras ya no que­man, y están libres de pecado.
La inconsistencia se plasma también en hábitos como el consumo a todos los nive­les. Consumimos objetos y experiencias. Consumimos la vida misma. A menudo parece que la única forma de ocio es el consumo. Este crecimiento entendido sólo como aumento de la capacidad de consumo nos ha empobrecido como sociedad y como personas, nos ha hecho perder consciencia de nuestra influencia y responsabilidad en la sociedad y de la fuerza del compromiso encarnado en las opciones del día a día.
[…]
3. Horizontes: ¡No queremos ser una generación perdida!
El mundo en el cual nacimos ha quedado obsoleto. Los anhelos de aquel “otro mundo posible” en que ha crecido y se ha formado nuestra generación parecen cada vez más lejos. De repente se hace patente la imposibilidad de lograr muchos de los pro­yectos personales y comunitarios, al menos aquellos con que nos habían enseñado a soñar. Vivimos con dificultad la construc­ción de un itinerario vital con sentido, a par­tir de una vocación discernida.
Aunque parece que el pesimismo se ha apoderado de nuestro horizonte, NO QUE­REMOS SER UNA GENERACIÓN PER­DIDA. A pesar de vivir en un contexto en que se hace difícil lograr paz interior y luci­dez sentimos la necesidad de encontrar vías de implicación en la recuperación de cier­tos valores y de una visión humanizadora del mundo. Es más, constatamos que ya se están dando en nuestro entorno iniciativas locales, sencillas, de carácter colectivo y transformador que son anticipaciones de un futuro que está por venir.
Desde aquí queremos hacer un llama­miento a la esperanza, a la alegría (que debería ser tan propia de los que nos
deci­mos cristianos) y a caminar hacia nuevos horizontes que:
— Recuperen la fraternidad, y trabajen por lo común, lo que es de todos.
— Luchen contra el binomio individua­lismo/indiferencia.
— Blinden espacios para cuidar a la per­sona en su integridad.
Hacemos nuestras las palabras de un bonito poema de Pedro Casaldáliga: «Es tarde pero es nuestra hora. Es tarde pero es todo el tiempo que tenemos para construir el futuro».
Cristianisme i Justicia
Diciembre de 2012
*Xavi Casanovas, Guillermo Casasnovas, Ignasi Escudero, Sonia Herrera, Núria Martínez, Fran­cese Martori, Oscar Mateos, Lucia Montobbio, Anna Ortín, Maya Riera, Miguel de Ros, Mercé Tous y Nani Vall-llossera
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