Puentes de ciencia y cine: cuando un paleontólogo no sabe qué hacer ni con un leopardo vivo… ni con su dueña

Aunque estos días parecen invitar a ver películas de terror y/o relacionadas con la muerte, la película propuesta para el puente es precisamente lo contrario, divertida y vitalista a más no poder: La fiera de mi niña.

David Huxley es un joven paleontólogo que parece tener todo aquello a lo que un hombre puede aspirar: está a punto de casarse y acaba de recibir la pieza que faltaba de la posesión más preciada de su museo: la clavícula intercostal de un brontosaurio. Sólo le falta conseguir el millón de dólares que espera recibir de una rica solterona, para lo cual esa misma tarde jugará una partida de golf con el abogado de la misma, para así acabar de convencerla de que done el tan ansiado millón. Sin embargo, en esa partida coincidirá con una mujer, Susan Vance, sobrina de la ricachona, en un encuentro lleno de situaciones bochornosas y desaguisados (entre ellos, cuidar de un leopardo llamado Baby, que Susan va a regalar a su tía) que le cambiará vida para siempre.

La fiera de mi niña (Bringing up, Baby!) se estrenó en 1938, cuando aún la crisis iniciada en 1929 tenía bastante virulencia, y fue concebida dentro del subgénero, muy de moda entonces, de las llamadas screwball comedies, que en español sería algo así como “comedias alocadas”. Estas películas se caracterizaban por un ritmo trepidante y estaban llenas de situaciones disparatadas, como puede apreciarse en la mayor parte de las protagonizadas por los hermanos Marx. Contaban con el favor del público, deseoso de obras de ficción que al menos por unas horas les permitiera evadirse de la realidad, aspecto este, el del cine como evasión en aquella época, que Woody Allen, en La rosa púrpura de El Cairo, reflejó maravillosamente. La película cumple tan fielmente los esquemas del subgénero que se convirtió en la más famosa de las screwball comedies. Pero no sólo eso: a pesar de que el estreno fue muy poco afortunado, con el tiempo La fiera de mi niña fue ganando el favor de público y crítica, hasta el punto de llegar a ser considerada no sólo una de las mejores comedias de la historia del cine, sino también una de las películas clásicas por excelencia.

David, con salto de cama: “¡Es que de pronto me he vuelto gay!”

La presencia de elementos de la ciencia y la naturaleza es constante en todo el filme. Así, nada más empezar se ve la imagen del imponente esqueleto del brontosaurio del museo, y poco después David se encuentra jugando en un magnífico campo de golf. Esa misma noche, Susan y él dan una vuelta en coche por Riverdale, un barrio residencial neoyorquino de palacetes rodeados de altos árboles y cuidados jardines, buscando la casa del abogado. La noche es tan suave, como diría Keats, que da lugar a uno de los momentos cumbre de la película:

– Susan, ¿acaso hacen en Riverdale todas las casas iguales?
– No, David, ¿por qué me preguntas eso?
– Porque creo que, con ésta, es la sexta vez que pasamos delante de esta casa.
– Sí, David, pero ¡hace una noche tan agradable para pasear!

Al día siguiente, David conocerá a Baby, un precioso leopardo que el hermano de Susan le ha traído del Brasil para regalárselo a la tía Elisabeth. En el viaje hasta la granja de la tía, en Conneticut, al que David accede a regañadientes, se encontrarán con patos, gansos y un foxterrier llamado George, aparte de un paseo nocturno entre zarzas y arroyos profundos y aullidos que imitan a hembras de leopardo en celo. De todo ello resulta que los seres vivos – y los fosilizados – juegan un papel decisivo en el logro de los dos tonos fundamentales del largometraje: el de comedia antes aludido, y el romántico.

David, Baby y Susan compartiendo coche. “¡Ya nada me importa! 
Total, lo que he hecho hoy, ¡lo podía haber hecho con los ojos cerrados!”

La calidad de la película se debe a varios elementos: la pareja protagonista estuvo formada Katharine Hepburn y Cary Grant, dos de los más grandes actores que ha dado el cine, como magnífico director fue Howard Hawks, miembro de honor de esa estirpe de realizadores capaces de dirigir un western, una comedia, una película de guerra, un drama o un filme policiaco con igual de maestría, como lo hicieran, por poner unos ejemplos, Anthony Mann, Frank Capra, John Ford o, mucho más recientemente, Francis Ford Coppola o Steven Spielberg. El segundo elemento decisivo fue el guión, que refleja el enamoramiento que se produjo entre el autor del original y la adaptadora.

Pero la película debe también muchísimo a otra característica del eterno cine clásico: unos actores secundarios excelentes. Empezando por la tía y siguiendo por el comandante Applegate, el borrachín irlandés Gogarthy o el psicoanalista Dr Lehman (una excelente parodia del psicoanálisis: “El impulso amoroso se refleja en el hombre en manifestaciones violentas”), su presencia es tan fundamental que se dio el caso de que, ante la dificultad que tenía Katharine Hepburn para hacerse con su personaje, fuera el actor que hizo de comisario Slocum (Walter Cattlet) quien, a petición del director, escenificara lo que éste esperaba de ella. Del mismo modo, Howard Hawks tuvo que recordarle a Cary Grant quién era su inspiración para este papel: el gran actor de cine mudo Harold Lloyd.

Otro aspecto curioso de la misma es el propio título y su traducción en España. El título original, Bringing up, Baby! podría traducirse como “Subir a Baby” (como se hace con las fieras en el circo, al subirlas a las peanas) o, más comúnmente, “Educando/Criando a Baby”. Sin embargo, el título final resulta ciertamente ingenioso: La fiera de mi niña no sé referirá solamente al leopardo, sino a la propia dueña, Susan, quien con ese carácter indomable (nunca mejor dicho) será otra fiera para el atribulado David. Se puede decir que es de esos pocos casos en que la traducción del título iguala o supera a la original, como ocurre con Solo ante el peligro (Noon train, “Tren del mediodía) o Con la muerte en los talones (North by Northwest, “Del Norte al Noroeste”). Y también es de las escasas ocasiones en que merece la pena ver la versión doblada, sencillamente excelente.

Por último, no se puede terminar sin recordar que el leopardo Baby sólo se calmaba escuchando música, en especial con una canción: Todo te lo puedo dar menos el amor, Baby.

Baby contemplando embelesado el tocadiscos, mientras suena Todo te lo puedo dar menos el amor, Baby

(I can’t give you anything but love, baby)

[picar para escuchar la versión de Ella Fitzgerald y Louis Amstrong]

Pd. Una excelente página sobre La fiera de mi niña es Filmsite Movie Review, http://www.filmsite.org/brin.html

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2 Respuestas a “Puentes de ciencia y cine: cuando un paleontólogo no sabe qué hacer ni con un leopardo vivo… ni con su dueña

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