Evolución y Dios, 1: la (complicada) convivencia de la teoría de la evolución y las creencias religiosas

¿Existe una mano creadora que creó al hombre y a su mujer a su imagen y semejanza, o éstos vienen de los monos y a su vez de peces que desarrollaron piernas y éstos a su vez de … ? ¿Dios es bueno, a pesar de permitir un mundo donde existen la crueldad, el hambre, las catástrofes, las enfermedades, donde unos seres, para su supervivencia, han de competir e incluso matar o alimentarse de los otros? ¿Hay vida después de la muerte o no hay más cera que la que arde?

Todas estas cuestiones enlazan directamente con las famosas del ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos? y ¿adónde vamos? que cantaran Siniestro total en 1984. Las respuestas, que vienen desde lo teológico y/o filosófico, a lo positivista y puramente científico, ¿han de ser totalmente divergentes, o es posible una compatibilidad de ciencia y fe?

En algunos casos, la compatibilidad ha sido posible, como en el caso de Galileo, quien permaneció en la fe católica a pesar de todas las amarguras y sinsabores que supuso para él sostener que la tierra giraba alrededor del sol; o creyente fue también Luis Pasteur, de quien se cuenta una famosa anécdota acerca de un estudiante que lo abordó en el tren al verlo rezando el rosario. Mientras, por otro lado, Charles Darwin escribía a su colega Asa Gray:

“No puedo persuadirme de que un Dios benevolente y omnipotente hubiera creado intencionadamente los icneumónidos con la intención expresa de que se alimentasen de los cuerpos vivos de orugas, o de un que un gato jugase con ratones…”

Precisamente, es desde el mismo momento en que Charles Darwin plasmara la teoría de la evolución en El origen de las especies y El origen del hombre cuando esta polémica, dicotomía o in-compatibilidad entre ciencia y fe se desataría con la mayor virulencia. Cuenta al respecto Ander Azpiroz en su excelente artículo La “diabólica” evolución de Charles Darwin (ABC, 2 de marzo de 2012):

«En 1859 la simple proposición de que el ser humano procediera del simio y no fuese creado por un poder divino supuso una auténtica revolución social a la vez que un desplante para la iglesia –anglicana o de cualquier otra confesión-, que venía siglos defendiendo a Dios como inicio de todas las cosas. De un día para otro, el Génesis y la creación del mundo en seis días dejaban de ser una certeza.

El ataque contra Darwin por parte de autoridades eclesiásticas inglesas y los sectores religiosos fue furibundo. El naturista, con continuos achaques de la salud, se mantuvo en un segundo plano pero sus colegas científicos no dudaron en saltar a la palestra para defender su teoría. Se inició así una guerra sin cuartel, en la que tanto púlpitos como artículos de prensa se convirtieron en auténticos campos de batalla. Se le tachó de “blasfemo” y de “revolucionario”. “He leído partes del libro con profundo pesar, porque pienso que son totalmente falsas y gravemente malévolas”, aseguró al respecto el antiguo tutor en Geología de Darwin, Adam Sedwick.»

La intensidad y visceralidad con que empezó a vivirse esta cuestión tuvo sus primeras consecuencias en la propia vida personal de Darwin. Cuenta Aspiroz que “su mujer, Emma Wedgwood,-una ferviente religiosa- se opuso a la teoría de su esposo e incluso mostró hacia él “su temor a que renunciara a la creencia de Dios” y el miedo a que no pudiera acompañarle en la otra vida.”

Pero fue a nivel público donde la polémica tuvo su expresión más ácida. Al año de publicarse El origen de las especies, tuvo lugar en Oxford el Debate sobre la evolución, en el que intervinieron importantes teólogos, filósofos y científicos británicos, pero que es sobre todo recordado, sigue contando Aspiroz, por las palabras bastante gruesas que se dirigieron el entonces obispo de Oxford, Samuel Wilberforce, y el evolucionista Thomas Huxley, también conocido como el “bulldog de Darwin”:

«-“Dígame, usted prefiere descender del mono por parte de madre o de padre”, espetó Wilberforce a su adversario.

-“Antes prefiero ser familia de un simio que de un hombre como el propio obispo, que utiliza tan vilmente sus habilidades oratorias para tratar de destruir, mediante una muestra de autoridad, una discusión libre sobre lo que es o no verdad”, replicó Huxley.»

¿Y cómo se recibió en España este debate? La comparación entre la foto de Darwin y la etiqueta de una marca de anís recién comercializada en aquellos años, puede ser bastante reveladora:

Continúa en Evolución y Dios, 2

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